¡Buen viernes! Misiva comparte raíz con remitente, con emitir, hasta con misión: el latín mittĕre, que solo quería decir mandar algo de un sitio a otro. Es una raíz de pura logística, de paquete y de trámite. Y aun así misiva casi no se usa para una factura o un aviso de luz, sino para la carta solemne, la de un asunto serio o un afecto. ¿Cómo fue que el verbo de despachar cualquier cosa se quedó, de todas, con la carta que más cuidado pide al escribirla? Gracias por abrir la edición #176. Que el viernes afloje y el fin de semana rinda sin prisa.
Hoy, que todo se contesta en segundos, ¿a quién le escribirías a mano una carta de esas que se guardan en un cajón y se releen en diez años?

Día Mundial del Correo: la fiesta de las cartas y los carteros
El 9 de octubre de 1874 se fundó en Berna la Unión Postal Universal, el acuerdo que conectó al mundo por carta y volvió posible que un sobre cruzara fronteras y llegara a su destino. Por eso hoy se celebra el Día Mundial del Correo, un homenaje a los carteros y al humilde oficio de acercar noticias, afectos y trámites a cada puerta.
Piensa en el cartero de tu colonia: ¿cuántas noticias, buenas y malas, llegaron a tu puerta porque alguien se encargó de caminarlas hasta ti?
misiva
Etimología Del latín (littera) missīva, 'carta que se envía', derivada del verbo mittĕre, 'enviar, mandar'. La misma raíz vive en palabras como misión, emitir y remitente.

Carta o comunicación escrita que se envía a alguien, en especial cuando trata un asunto de cierta importancia o afecto. Hoy suele usarse con un matiz solemne o literario, frente a la carta cotidiana.

El aye-aye, un lémur nocturno de Madagascar, tiene un dedo medio larguísimo y esquelético con el que golpetea la corteza para oír el eco de las cavidades donde se esconden las larvas, que luego pesca por el agujero que roe. Ese mismo dedo se lo mete entero en la nariz, y las tomografías sugieren que la punta le baja hasta la garganta.
Eso que suena en cada ceremonia mexicana no es folclor viejo, sino de 1941
Suena en las fiestas patrias, en la clausura de unos Juegos, en cualquier acto solemne, y uno da por hecho que esa música viene desde siempre. No es así. En 1941 el director Carlos Chávez le encargó una pieza a un joven José Pablo Moncayo y lo mandó al puerto de Alvarado, en Veracruz, a empaparse de sus sones jarochos; de ahí tomó tres (El Siquisirí, El Balajú y El Gavilancito) y los tejió en una sola obra para orquesta. Se estrenó el 15 de agosto de 1941, y lo que hoy oyes como folclor sin edad tiene, en realidad, autor y fecha.

Casi nada quedó de la red mexicana de 1993, salvo 64K en un disquete
En 1993, entrar a la red en México no era abrir una página: era marcar un número con el módem y meterse a la computadora de alguien más, en tu misma ciudad. De esas noches casi no sobrevivió nada. Pero Óscar Toledo G., un programador que se había armado su propia computadora, le había escrito un buffer que guardaba cada byte que llegaba por el cable. En un viejo disquete apareció uno solo: 64K de una sesión marcando a La Cueva BBS, de 9:30 a 9:47 de la noche. Ahí se ve un archivo bajando, la línea cayéndose, el buffer desbordándose. Es casi la única ventana que queda a cómo se sentía estar en línea entonces.
El agua de un millón de personas empieza en un bosque que se quemó
Cuando alguien abre la llave en Veracruz o Boca del Río, rara vez piensa en el Pico de Orizaba. Pero el agua baja de ahí: nace en las laderas del volcán más alto de México y recorre más de 148 kilómetros hasta el Golfo, por una cuenca que abastece a más de un millón de personas. El problema es que, entre incendios, deforestación y cultivos, solo queda el 28 % de la vegetación natural original. Desde 2021, organizaciones locales y comunitarias replantaron 212 hectáreas de pino en terreno quemado, y para 2026 habían restaurado más de 3000. El agua de un millón de personas vuelve a tener, montaña arriba, un bosque que la sostiene.

Contra el cólera no hizo falta cloro ni tuberías, bastó un sari doblado
Hasta hace poco, en los pueblos del delta de Bangladesh, llenar la jarra en el río era también llenarla de cólera. La microbióloga Rita Colwell había descubierto que la bacteria casi nunca viaja sola: se prende de un plancton diminuto que flota en esa agua, y ese plancton, aunque invisible, es demasiado grande para cruzar la trama de un algodón ya gastado de tanto lavarlo. Así que pidió a las mujeres colar el agua con un sari viejo doblado en cuatro, antes de beberla. Los casos de cólera cayeron 48%, sin comprar una sola pieza: con la prenda que ya colgaba en casa.

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