¡Buen jueves! Alguien puede estar tan metido en lo suyo que se le diga algo dos veces, a un metro, y no conteste: no ignora a nadie, es que la voz no llegó a entrar. Desde afuera se ve igual que un desaire, esa misma cara de no registrar que uno existe. Cuando por fin levanta la vista, ni sabe que lo llamaron. ¿Ese no oír cuenta como grosería, o para entonces ya no dependía de su voluntad?
En la ilustración de ayer el perrito que dormía al fondo salió con dos cabezas; desde hoy cada dibujo pasa por una revisión antes de salir. Gracias por abrir la edición #149.






