¡Buen martes! Antes de tocar la cara de nadie, acicalar era cosa de armas: el árabe ṣiqāl nombraba el bruñido, sacarle brillo al filo y dejarlo listo. Al pasar de la espada a la persona el verbo no se ablandó del todo; se quedó con esa idea de pulir hasta que no quede una sola falla. No está claro si arreglarse heredó del arma la calma o la exigencia, ese punto en que uno se mira y todavía encuentra algo por corregir. Gracias por abrir la edición #139.
La próxima vez que te acicales frente al espejo antes de salir, pregúntate: ¿lo haces para gustarle a alguien más, o por el gusto callado de encontrarte bien contigo?

Día Internacional del Peluquero y el Barbero
Cada 25 de agosto se celebra el Día Internacional del Peluquero y el Barbero, en honor a San Luis Rey de Francia, patrono del oficio, recordado en esta fecha. Es un reconocimiento a quienes, con tijera y navaja en mano, cuidan nuestra imagen y se vuelven confidentes de sobremesa. Detrás de cada corte hay tradición, plática y manos expertas.
Imagina tu vida sin esas manos que ya te conocen: ¿quién ha sido el peluquero o barbero que, entre tijeras y plática, te ha visto cambiar con los años?
acicalar
Etimología Del árabe hispánico 'aṣ-ṣiqál', y este del árabe clásico 'ṣiqāl', que significaba 'bruñido' o 'pulido de las armas'. De sacar brillo a la espada pasó a arreglar y pulir a la persona.

Limpiar, pulir y arreglar a alguien o algo con esmero, sobre todo en el aseo y el arreglo personal. También se usa como pronominal, 'acicalarse', para el acto de arreglarse uno mismo con cuidado.

El topo de nariz estrellada huele debajo del agua exhalando pequeñas burbujas de aire por las fosas nasales sobre lo que investiga y reinhalándolas entre cinco y diez veces por segundo; las burbujas atrapan las moléculas odoríferas del agua y así rastrea a sus presas mientras nada sumergido.
Creíamos que el Ozempic apagaba el hambre; en el cerebro hace lo contrario
Quien se aplica semaglutida (el ingrediente de Ozempic y Wegovy) siente que el apetito baja, y durante años se dio por hecho que el fármaco adelgaza apagando en el cerebro las neuronas que nos empujan a comer. Un estudio de Yale, publicado en PNAS, encontró en ratones justo lo contrario: la semaglutida enciende esas neuronas del hambre, las llamadas AgRP. Y cuando los investigadores las silenciaron, la pérdida de grasa dejó de sostenerse aunque los animales siguieran comiendo menos. O sea que las mismas células que creíamos saboteaban la dieta serían las que dejan conservar el 10 a 15% de peso que estos medicamentos hacen bajar.


La Catrina que hoy te pintas en la cara nació como un insulto
Cada noviembre alguien se dibuja una calavera elegante en la cara y la llama Catrina, sin saber que empezó como una burla. En 1912, el grabador José Guadalupe Posada creó la Calavera Garbancera: un cráneo pelón con un solo sombrero francés de plumas, y nada más. Era una mofa contra quienes vendían garbanzo pero se acicalaban a la europea para negar que eran indígenas; la muerte, decía Posada, nos deja a todos igual de pelones. La estampa no tenía nombre ni cuerpo. Fue Diego Rivera quien, en un mural de 1947, le puso vestido de gala, boa de plumas y el mote de «Catrina», y le borró de encima la crítica que la había hecho nacer.
Tres siglos cultivando vainilla sin saber qué abeja la polinizaba sola
Cada flor de vainilla dura abierta un solo día, y desde 1841 quien la cultiva la fecunda a mano, una por una, con un palillo. En su tierra algo la polinizaba sola, pero por tres siglos nadie dio con el responsable: se culpaba a colibríes, murciélagos, abejas sin aguijón. Miguel Ángel Lozano Rodríguez, del Centro de Investigaciones Tropicales de la Universidad Veracruzana, lo documentó en cafetales de sombra: son las abejas de las orquídeas (género Euglossa). Como fecundar a mano se lleva entre 40 y 50% del costo de la vainilla, dejar que la abeja lo haga pediría volver a sembrarla entre árboles, no en monocultivo.

Tapa la única ventana, deja un agujero, y la calle entera aparece de cabeza en tu pared
Oscurece un cuarto hasta que no entre un solo rayo, tapa la ventana y déjale nada más un agujero del tamaño de una moneda. Espera a que tus ojos se acostumbren: la calle entera, los coches, los árboles, el edificio de enfrente, aparecerá proyectada de cabeza sobre la pared del fondo. Es la cámara oscura, el truco óptico que ya describían Aristóteles y Alhacén, y que sigue viviendo dentro de cualquier cámara. En 1991, el fotógrafo cubano Abelardo Morell la volvió arte mientras daba clases en Massachusetts: retrataba esos cuartos con exposiciones de varias horas. Sin lente, sin pila, sin app, tu recámara ya sabe hacer lo que hace una cámara.
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