¡Buen jueves! Un pie entra en el charco y lo primero que salta no es el agua, es el ruido, ese golpe corto que se oye a varios metros. En casi todo lo demás el ruido sobra y uno lo quiere callar: la puerta que no rechine, los pasos que no despierten a nadie. Con el agua parece al revés, el estruendo no es un defecto del gesto sino medio motivo para hacerlo. ¿Por qué el mismo ruido que en otros sitios estorba, metido en el agua da tantas ganas de repetirlo? Desde hoy, además, cada sección se puede compartir por su cuenta y no solo el correo entero. Gracias por abrir la edición #134.
¿Cuándo fue la última vez que pisaste un charco a propósito, en lugar de rodearlo con cuidado para no mancharte?
chapotear
Etimología Voz de origen onomatopéyico: nace del sonido 'chap', que imita el golpeteo del agua al ser agitada o pisada. De la misma familia expresiva que 'chapa' y 'chapuzón'.

Golpear o agitar el agua produciendo ruido y salpicaduras, casi siempre con las manos o los pies. También se usa para el andar entre agua o lodo, como cuando se pisan los charcos.
En el guugu yimithirr, lengua aborigen del norte de Australia, no existen "izquierda" ni "derecha": para pedirte que te recorras dicen "muévete un poco al este" o te avisan de "una araña al oeste de tu pie", así que sus hablantes deben saber dónde está el norte en cada instante de su vida despierta.
El plástico biodegradable no lo inventamos nosotros, y los animales llevan comiéndolo millones de años
Cada vez que un empaque presume ser "bioplástico compostable", la promesa es la misma: se degradará sin dejar rastro. El detalle es que ese material, el PHA, existe en la naturaleza desde mucho antes que nosotros, y hasta ahora se creía que solo los microbios podían deshacerlo. Un gusano marino de dos centímetros, Olavius algarvensis, sin boca ni intestino, cambió la historia: vive de las bacterias que carga bajo la piel, y al estudiarlo el Instituto Max Planck halló en él la enzima que digiere ese plástico. Al rastrearla, apareció en más de 66 especies de nueve phyla, de esponjas a lombrices. Lejos de ser invento humano, ese plástico verde ya tenía quien se lo comiera desde hace cientos de millones de años.


La laguna se había quedado en el lodo; hoy tiene agua para veinte años
Tras años de sequía, la laguna de Acuitlapilco, al pie de La Malinche, se había quedado casi en el lodo, y los pescadores de Tlaxcala habían colgado las redes. Cuatro años de desazolve, cierre de descargas de aguas negras y reforestación de las orillas (trabajo repartido entre el municipio y la cooperativa pesquera) le devolvieron el nivel. Hoy el vaso vuelve a tener más de cuatro metros de hondo en el centro y las aves migratorias regresaron a chapotear en él; el presidente de la cooperativa resume la faena así: «tenemos agua para veinte años». Las familias que viven de pescar ahí ya volvieron al agua.
Y si dos latas de refresco y un hilo de agua pudieran soltar una chispa
Abres una llave y dejas caer el agua gota a gota, en dos hilos, sobre un par de botes de metal. Al principio no pasa nada: el agua solo chapotea en el fondo de las latas. Pero a los pocos segundos brinca, sin previo aviso, una chispa azul entre dos alambres. En 1867, Lord Kelvin notó que el agua al caer se carga sola por inducción: dos botes cruzados acumulan signos opuestos hasta que la diferencia llega a casi diez mil voltios y salta en forma de rayo. No hay pila, ni motor, ni cable, solo gravedad y agua goteando. Él lo bautizó su 'tormenta', y con latas y tubo de PVC cabe entero en una mesa.
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