¡Buen lunes! En la Inglaterra del siglo XVIII una sola piña valía una fortuna, unas £5,000 de hoy, así que sus dueños ni pensaban en comerla: la rentaban de fiesta en fiesta como adorno de mesa, y la fruta iba y venía de mano en mano hasta pudrirse. Ese ir y volver sin quedarse quieto, con sus altibajos, asoma en más de un rincón de lo que sigue. Gracias por abrir la edición #117. Que la semana te arranque con paso tranquilo.
Cuando tu día se va llenando de subidas y bajadas —una buena noticia, luego un contratiempo—, ¿intentas frenar el vaivén o encuentras la forma de acomodarte a él, como quien se deja mecer?
vaivén
Etimología Del español mismo: se formó por la unión de las formas verbales «va y viene» (de ir y venir), una reduplicación expresiva que imita el movimiento de ida y vuelta. Por eso la palabra ya lleva dentro el gesto que nombra.

Movimiento alternativo de un cuerpo que va y vuelve, como el de las olas, una hamaca o un columpio. En sentido figurado, la sucesión de altibajos y cambios de circunstancias que se viven (los vaivenes de la vida).

En la Gran Bretaña del siglo XVIII una sola piña llegó a valer el equivalente a unas £5,000, así que en lugar de comerla los ricos la rentaban o la lucían como adorno de mesa, pasándola de fiesta en fiesta en un constante vaivén hasta que se pudría.
El plástico que se deshace solo, sin dejar una sola miga de microplástico
Tiras una bolsa de plástico al bote y sientes que ahí termina su historia. En realidad no desaparece: aunque se rompa, se deshace en fragmentos cada vez más chicos, los microplásticos que hoy aparecen en el agua, en la sal y hasta en la sangre. El equipo de Zhuojun Dai hizo lo contrario: horneó dentro del plástico esporas de la bacteria Bacillus subtilis, dormidas, y las despierta con un caldo tibio a 50 grados. Al activarse sueltan dos enzimas que cortan el material en cadena hasta sus piezas más básicas, en seis días y sin dejar una sola miga de microplástico. Hicieron con él hasta un electrodo que funcionó y luego se disolvió entero: no un plástico que se parte en pedazos eternos, sino uno que se va cuando se le pide.

Un niño que se sentía solo saludó a cada extraño hasta volverlos su familia
Sales a tu banqueta y el vecino de enfrente, al que llevas años sin cruzar palabra, ni siquiera levanta la vista. En Concord, Carolina del Norte, Roman Butzlaff, de cuatro años, hizo lo contrario. Tras la separación de sus papás (su papá se mudó a Florida, sus abuelos viven en otro estado), el niño cargaba una soledad que no sabía nombrar, y la respondió saludando: cada mañana salía a decirle "hey" a cada desconocido que pasaba. Un vecino, Wade Fulgum, cruzó la calle para conocerlo; luego otro, y otro. Hoy una docena de extraños que apenas se conocían van a sus partidos y a sus cumpleaños: se volvieron su familia.
Las supercomputadoras de Jurassic Park eran las únicas máquinas falsas del set
Quizá recuerdes la escena: una niña se sienta frente a una pantalla, ve un explorador de archivos en 3D y suelta el mítico «¡es un sistema UNIX, lo conozco!». Treinta y tres años después, el ingeniero de software Fabien Sanglard catalogó pieza por pieza cada computadora que aparece en Jurassic Park (1993). El hallazgo: casi todo el equipo era real y encendía, unos 4 millones de dólares de hardware a valor de hoy, prestado por Silicon Graphics y Apple. Lo único falso eran las imponentes supercomputadoras de la sala de control: montaron solo los frentes, con luces rojas parpadeando de adorno. Y aquel explorador que abre la niña no era utilería, sino fsn, un programa experimental que SGI de verdad vendía.
Cuando la capital tolteca perdió su esplendor, sus símbolos cambiaron de dueño
Cavar una zanja para una planta de agua en Tula, Hidalgo, es rutina, hasta que la pala topa con piedra labrada. Ocurrió en la periferia de la antigua Tollan Xicocotitlan, la capital tolteca que por más de un siglo se estudió casi solo en su centro ceremonial. Bajo tierra salió una estructura de élite y dos lápidas: una con un felino, otra con el dios Tlahuizcalpantecuhtli, la misma imaginería que corona la célebre Pirámide B. El arqueólogo Luis Gamboa Cabezas lo interpreta así: en los vaivenes que llevaron a Tula del esplendor al declive, la gente del margen reutilizó los símbolos de sus antiguos reyes para legitimarse. No era un templo de la nobleza, sino del margen apropiándose de ese prestigio.
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