¡Buen miércoles! Octubre llegó a la mitad y la semana va por su centro: un 14, con más calendario detrás que delante. Afuera el frío de la mañana ya casi no se va, y el cuerpo parece pedir que el año corra, que llegue el fin de semana, que llegue diciembre, que llegue lo que sigue. A lo mejor el almanaque tiene algo de culpa: está hecho para marcar siempre la casilla de más adelante, nunca la de hoy. ¿Y si la mitad de octubre no fuera la antesala de nada y ya contara por sí sola? Gracias por abrir la edición #180.
¿Hay algo que persigues con tantas ganas que ya ni lo disfrutas, como cuando devoras el último capítulo de una serie sin saborearlo? Piensa en qué deseo tuyo pide más calma que prisa.
ávido
Etimología Del latín avidus, derivado del verbo avēre, que significa 'desear con vehemencia'.

Bajo el hielo marino antártico crece hacia abajo un carámbano hueco llamado brinicle: salmuera gélida expulsada del hielo se hunde y congela al instante el agua que la rodea, formando un tubo de hielo que desciende hasta el fondo. Donde ese dedo de hielo toca el lecho, el frío se expande en una telaraña que atrapa a estrellas de mar y erizos, congelándolos hasta morir.
Una barra de chocolate y un microondas bastan para medir la velocidad de la luz
Quítale el plato giratorio al microondas, acomoda encima una barra de chocolate y caliéntala unos 20 segundos, hasta que se derrita en dos o tres puntos. No salen al azar: sin el plato que gira, la onda dentro del horno queda quieta y solo funde el chocolate donde su energía es máxima. La distancia entre dos manchas es media longitud de onda; multiplica su doble por la frecuencia del aparato, 2.45 gigahercios (2,450 millones de ciclos por segundo), y el número que aparece es la velocidad de la luz. El mismo dato que durante siglos pidió telescopios y espejos giratorios sale de una regla y un postre derretido.
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