¡Buen viernes! En El Rey León, Scar manda a las hienas tras Simba por el cañón y suena la escena que te helaba de niña. Casi nadie sabe que Hans Zimmer escondió ahí el Dies irae, un canto gregoriano sobre el Juicio Final que la Iglesia cantaba en las misas de difuntos hace ocho siglos. Esa melodía se quedó pegada al oído de Occidente y no se ha soltado. Lo de hoy va de cosas así, de las que echan raíz y ya no se sueltan. Gracias por abrir la edición #120. Que este viernes cierre bien y te deje entrar al finde ligera.
¿Qué costumbre heredada de tu abuela sigues repitiendo en tu cocina sin cuestionarla —y qué raíz tuya guarda en secreto?

Canonización de Juan Diego, el primer santo indígena de América
El 31 de julio, en la Basílica de Guadalupe, el papa Juan Pablo II canonizó a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el vidente de las apariciones de 1531 y el primer indígena de todo el continente americano reconocido como santo. Fue una fiesta nacional que puso ante el mundo el rostro de un macehual, símbolo del mestizaje y del orgullo por las raíces indígenas de México.
Imagina lo mexicano sin el rostro indígena de Juan Diego elevado ante el mundo entero: ¿de dónde vendría hoy buena parte de tu orgullo por tus raíces?
arraigar
Etimología Del latín «ad-» (hacia) y «radicare», derivado de «radix, radicis» (raíz). Comparte raíz con «raíz» y «radical»: literalmente, echar raíces.

Echar raíces y establecerse de manera firme y duradera en un lugar, una costumbre o un afecto. También se usa de forma reflexiva —«arraigarse»— para quien hace suyo un sitio o una tradición hasta sentirlos parte de sí.
El bisso o «seda del mar» —el tejido más raro del planeta— se hila con los finísimos filamentos dorados con que el molusco Pinna nobilis se arraiga al lecho marino; un solo par de guantes tejidos exigía el bisso de unas 150 conchas.
Las cuatro notas que te dan miedo en el cine son un canto funerario del siglo XIII
En «El Rey León», Scar ordena a las hienas perseguir a Simba por el cañón y darle muerte, y suena la escena más aterradora de tu infancia. Casi nadie nota que Hans Zimmer escondió ahí una melodía con casi ochocientos años encima: el Dies irae, un canto gregoriano medieval sobre el día del Juicio Final que la Iglesia entonaba en las misas de difuntos. De Berlioz a «El Resplandor» y «Star Wars», los compositores lo citan una y otra vez como una clave secreta para avisar, sin que lo pienses, que la muerte ronda. El escalofrío que sientes no es idea del cine moderno: es una señal que lleva ocho siglos arraigada en el oído de Occidente.
El modelo de IA que exigía un centro de datos hoy corre en tu laptop
Cada vez que le preguntas algo a una inteligencia artificial, tu mensaje viaja a un centro de datos lejano, se procesa entre miles de tarjetas gráficas y regresa: la potencia siempre vivió en otra parte. Andrey Mikhaylov, ingeniero de software, le dio la vuelta. Su programa, TurboFieldfare, corre un modelo de 26 mil millones de parámetros sin cargarlo entero: mantiene en memoria un núcleo pequeño y, palabra por palabra, trae del disco solo las piezas que hacen falta en ese instante. Así, una IA que pedía servidores enteros funciona sin internet en un MacBook Air de 8 gigas, usando apenas 2. La potencia se arraiga en tu propia máquina.
Una araña de dos milímetros sobrevivió escondida igual que el bacanora prohibido
Durante casi un siglo, el bacanora se destiló a escondidas: prohibido por ley, los productores de Sonora lo cocían en cuevas y barrancos para que nadie lo viera. En un cerro dentro de Hermosillo, el Cerro Altares, algo más aguantó igual de oculto: una araña de apenas 2.2 milímetros que nadie había descrito, pese a vivir rodeada de ciudad. El aracnólogo David Chamé Vázquez y María Luisa Jiménez, la primera aracnóloga de México, la publicaron en Acta Zoológica Mexicana y la llamaron Filistatinella bacanora: como el destilado arraigado en la sierra, resistió metida bajo las piedras. Su hallazgo prueba que un cerro urbano todavía guarda especies sin nombre.
No sabía leer inglés, así que copió los dibujos y le dio luz a su aldea
En 2001, mientras una hambruna vaciaba los campos de Malaui, un chico de 14 años tuvo que salirse de la escuela: en su casa no alcanzaba ni para la cuota ni para comer. En su aldea, como en casi todo el país, tampoco había electricidad. William Kamkwamba se metió a la biblioteca del pueblo y sacó un libro de física en inglés, idioma que no dominaba; se guió solo por los diagramas y salió a juntar chatarra: un cuadro de bicicleta, el aspa de un tractor, tubos de plástico y ramas de eucalipto. Con eso levantó un molino de viento de cinco metros que encendió cuatro focos y dos radios, y pronto los vecinos llegaban a cargar el teléfono con el puro viento.
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