¡Buenos días! Como a las siete de la tarde el sol empieza a pegar de lado y deja la pared de la cocina de un naranja tibio, esa luz que solo aparece cuando el día ya aflojó el paso. Uno la nota y, sin querer, baja una marcha: los pendientes siguen ahí, pero de repente pesan menos. Hoy te dejo cosas para leer con esa misma calma, sin prisa por acabarlas. Gracias por abrir la edición #112. Que este miércoles te guarde diez minutos de tarde solo para ti.
Piensa en tus horas vespertinas de hoy: ¿las vas a gastar corriendo los últimos pendientes, o le vas a permitir a la tarde que baje su ritmo contigo aunque sea diez minutos?
vespertino
Etimología Del latín «vespertinus», derivado de «vesper», que nombraba la tarde y también a Venus como estrella de la tarde. De ahí que lo vespertino sea, literalmente, lo que pertenece a esas últimas horas doradas del día.

Perteneciente o relativo a la tarde, en especial a las últimas horas del día, cuando la luz baja y se vuelve cálida. También se usa para lo que ocurre o se hace por la tarde, como un turno o una función vespertina.

El químico Kikunae Ikeda se convenció, tras probar el caldo de alga kombu que preparó su esposa en 1907, de que existía un quinto sabor básico; al año siguiente lo aisló como glutamato y lo bautizó «umami», del japonés «umai», delicioso.
Un siglo después, el óleo aún guardaba las huellas del dedo que lo pintó
En 1891, de regreso de un viaje por Egipto, John Singer Sargent pintó a tres tintoreros con las manos manchadas de azul índigo, y durante más de un siglo el cuadro colgó en un museo como una escena exótica más. Al limpiarle el barniz amarillo, los restauradores del Museo Van Gogh encontraron dos cosas que nadie esperaba: bajo la pintura asomaba un lienzo reciclado, con las piernas de un Velázquez que él había copiado años antes y luego abandonó, y en el borde derecho, sus propias huellas digitales, impresas cuando el óleo todavía estaba fresco. No era un maestro pulcro, sino uno rápido y ahorrativo, que reusó una tela vieja para no desperdiciarla y tocó su obra con los dedos.


Mientras el futbol de élite se encarece, quienes nunca cupieron llenan las canchas de barrio
Hace año y medio, Farishta Karimi no se había atrevido a correr en público: en el Afganistán donde creció, a las mujeres se les prohibía jugar. Mientras el futbol profesional se encarece y se cierra (las entradas de Premier League cuestan hoy unos 800% más que en los noventa, con cánticos racistas al alza), los clubes de barrio hacen lo contrario: abren la cancha a quienes el deporte dejó fuera. Karimi entrena cada miércoles con el Athenlay FC, en Londres, entre mujeres, refugiados y jugadores con discapacidad. En un año, la participación femenina amateur en Inglaterra creció 19%. 'El miércoles es mi día favorito: jugar me hace sentir libre', dice ella.
Durante ochenta años, medir una nebulosa daba dos respuestas que nunca coincidían
Mides una mesa con dos reglas distintas y esperas el mismo número; si no coinciden, algo falla en una. Con las nebulosas, esas nubes de gas donde nacen las estrellas, pasaba justo eso: dos formas de calcular cuánto oxígeno o carbono guardan daban cifras que diferían casi al doble, un desacuerdo que llevaba más de ochenta años sin resolverse. El astrofísico moreliano José Eduardo Méndez Delgado juntó miles de espectros de nebulosas y halló la falla: el gas no tiene una sola temperatura, y unos grumos fríos desajustaban una de las reglas. Ahora medir de qué está hecho el cosmos usa por fin una vara confiable, y a él le valió el Premio Princesa de Girona.

Fabricar desde cero la tostadora más barata del mundo resultó casi imposible
Compras una tostadora en la tienda por menos de cuatro dólares y funciona sin que pienses de dónde salió cada pieza. En 2009, el diseñador británico Thomas Thwaites quiso rehacer una desde el origen: desarmó la más barata que encontró, con casi 400 piezas, y la redujo a cinco materiales base. Cruzó Gran Bretaña durante nueve meses para conseguirlos: fundió mineral de hierro en un horno avivado con un soplador de hojas, sacó cobre del agua ácida de una mina y moldeó su propio plástico a mano. Le costó 1,187 libras. Al enchufarla, sin carcasa, el aparato calentó unos segundos y se derritió: hacer solo lo más simple resultó casi imposible.
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