¡Hey! Súbete a un vagón repleto en hora pico y míralos: cada desconocido a tu codo carga un destino tan suyo como el tuyo, y por unos minutos todos esos rumbos van a dar al mismo andén. Es eso de juntarse en un punto, caminos o ideas que de repente apuntan hacia lo mismo. Hoy, en 1967, arrancaban las obras del Metro de la Ciudad de México, que haría coincidir a millones de capitalinos cada mañana. Bajo una plaza holandesa, en cambio, apareció una lámina donde tres tradiciones, latina, griega y egipcia, cupieron en algo del tamaño de una mano. Gracias por abrir la edición #86. Que el finde llegue con calma.
La próxima vez que vayas prensado en un vagón lleno, mira a tu alrededor: ¿alguna vez has pensado que cada desconocido a tu lado carga un destino tan urgente y tan suyo como el tuyo?

Inician las obras del Metro de la Ciudad de México
El 19 de junio de 1967 arrancaron las obras de la Línea 1 del Metro de la Ciudad de México, el primer sistema de transporte subterráneo del país. Dos años después conectaría a millones de capitalinos y se volvería un símbolo cotidiano de la vida urbana mexicana, con sus pictogramas, su bullicio y sus historias de andén.
confluir
Etimología Del latín «confluere», formado por «con-» (juntamente) y «fluere» (fluir, correr). Originalmente describía dos corrientes de agua que se unen en un mismo cauce.

Dicho de dos o más corrientes, caminos o personas: juntarse en un mismo punto. En sentido figurado, también significa coincidir distintas ideas, voluntades o circunstancias hacia un fin común.
En 1872, el grabador autodidacta George Smith descifró una tablilla donde el diluvio bíblico confluía con un mito babilónico mil años más antiguo; tan eufórico quedó que saltó y corrió por la sala ante sus colegas atónitos.
La hormona que creíamos dueña del agua tenía un suplente en el riñón
Cada vez que pasas la noche sin beber, tu cuerpo aprieta una sola palanca para no secarse: la vasopresina, la hormona que desde hace décadas los manuales dan por única encargada de cuánta agua retiene el riñón. Fouad Chebib, nefrólogo de la Clínica Mayo, dio a pacientes con riñón poliquístico la probenecida, un fármaco de los años cuarenta, esperando que empeorara la enfermedad. Hizo lo contrario: el urato, la misma molécula que provoca la gota, resultó ser una segunda señal que empuja los canales de agua hacia la superficie de la célula, sin pedirle permiso a la hormona. La orina bajó cerca de un 30%. Para quien hoy orina seis o siete litros al día por su tratamiento, aparece por fin una segunda palanca que tocar.


Bajo una plaza holandesa dormía una maldición escrita en la lengua equivocada
Quien quería dañar a un enemigo en la frontera norte de Roma raspaba unas líneas en latín sobre una lámina de plomo y la enterraba. La que apareció en un pozo bajo la plaza del ayuntamiento de Heerlen, en los Países Bajos, la antigua Coriovallum, no encaja: sus letras son griegas y su magia, egipcia, poblada de dioses, demonios y tres signos llamados Characteres. Los papirólogos Rodney Ast y Julia Lougovaya, de la Universidad de Heidelberg, la leyeron con luz rasante: nombra a cuatro esclavos, y acaso la escribió una de ellos, llegada de Egipto. En el rincón más latino del Imperio, tres tradiciones habían confluido en una lámina del tamaño de una mano.
Resulta que ser voluntario cabía en una sola hora al mes
Hace unos años, en un edificio de París, hallaron a una mujer mayor muerta en su departamento: llevaba cuatro meses sin que un solo vecino la echara de menos. Esa historia rondó a Atanase Périfan, hoy alcalde adjunto del distrito 17, hasta que dio con un atajo. El voluntariado pedía un compromiso fijo que casi nadie tiene, así que lo partió en pedazos: su Heure Civique propone una sola cosa, regalar una hora al mes a un vecino. Llevarle el súper, acompañarlo al médico, ayudar con la tarea. Hoy 24,000 personas inscritas en unos 250 municipios sostienen, hora suelta tras hora suelta, lo que antes parecía pedir toda una vida de entrega.

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