¡Holi! ¿Te ha pasado que dices algo en voz tan baja que ni tú estás segura si lo pensaste o lo soltaste al aire? Ese murmullo casi secreto entre dientes tiene nombre, y es la palabra de hoy. Algo así hizo un sable damasceno del siglo XVII cuando reveló bajo el microscopio nanotubos de carbono escondidos durante siglos, y algo así hicieron las telas de Hilma af Klint, selladas veinte años por temor a no ser comprendida, hasta que el Grand Palais por fin las escucha completas. Gracias por abrir la edición #30. Disfruta tu día.
¿Qué le musitas a tu primera taza de café antes de salir al mundo: una queja, un agradecimiento, un deseo escondido?
musitar
Etimología Del latín 'mussitare', frecuentativo de 'mussare' (murmurar, hablar entre dientes). Conserva esa idea de sonido apenas pronunciado, casi guardado para uno mismo.
Decir algo en voz muy baja, entre dientes, como un murmullo apenas audible. Se usa cuando lo dicho parece más íntimo que sonoro, casi un secreto pronunciado al aire.
Cuando un equipo de Dresde puso un sable damasceno del siglo XVII bajo el microscopio electrónico en 2006, el acero pareció musitar un secreto imposible: contenía nanotubos de carbono envolviendo nanocables de cementita, anticipándose por siglos a la nanotecnología moderna. Esa arquitectura compuesta —la flexibilidad del nanotubo abrazando la dureza del carburo de hierro— explica el filo legendario del acero wootz forjado con lingotes traídos de la India.
Un equipo del Cancer Institute del University College London, encabezado por el doctor Kai-Keen Shiu y el profesor Marnix Jansen, presentó el pasado 5 de mayo en la reunión anual de la American Association for Cancer Research en San Diego los resultados de seguimiento del ensayo NEOPRISM-CRC: 32 pacientes con cáncer de colon en etapa 2 o 3 del subtipo MSI-alto recibieron apenas nueve semanas de pembrolizumab antes de la cirugía y, tras 33 meses, ninguno ha sufrido recaída. El resultado contrasta con la atención habitual —operación seguida de meses de quimioterapia—, en la que alrededor de uno de cada cuatro pacientes vuelve a enfermar en los primeros tres años, y abre una nueva ruta para el 10 a 15% de los casos colorrectales que cargan esta firma genética: tratamientos más cortos, menos tóxicos y con un horizonte de remisión que hasta hace muy poco parecía impensable.
El Grand Palais de París inauguró el miércoles 6 de mayo la primera gran retrospectiva francesa dedicada a Hilma af Klint, la pintora sueca que ya en 1906 trazaba composiciones abstractas — años antes que Kandinsky, Mondrian o Malévich, los hombres a quienes la historia del arte concedió esa primicia. La muestra, en coproducción con el Centre Pompidou, reúne más de cien obras del ciclo 'Pinturas para el Templo' (1906-1915), nutrido de teosofía y espiritismo, que la propia artista mandó mantener sellado durante veinte años después de su muerte por temor a no ser comprendida en su tiempo. Sus telas, ocultas durante décadas y rescatadas del olvido apenas en 1986, hoy presiden la nave del Grand Palais como un mensaje que af Klint apenas se atrevió a musitar a sus contemporáneos y que por fin se escucha completo.
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